Cadenas invisibles

Vivimos en la época en la que más libertad disfrutamos. No es un sistema perfecto, pero es un sistema aceptable. Podemos opinar, reunirnos, cantar letras revolucionarias... incluso publicar viñetas parodiando a Mahoma, mal que le pese a algunos.

Y, sin embargo, somos mucho menos libres de lo que nos imaginamos. Estamos rodeados de cadenas invisibles que nos hacen tropezar a cada paso que damos. Son las cadenas invisibles que nos atan al sistema. En cuanto naces, te conviertes en un número dentro del sistema. ¿Qué puede hacer un número contra el sistema? Poca cosa, comparado con todo lo que puede hacer el sistema por el número.


El sistema nos ofrece la mayor de las cadenas: el dinero. Sin dinero no eres nada, sin dinero no eres nadie. Sin dinero, apenas existes y apenas subsistes. Sin dinero mueres y desapareces. Por eso el sistema te ofrece un premio que, en realidad, es un castigo. Unos grilletes verdes que impiden toda escapatoria posible del sistema que no sea la muerte.

Pero nos ofrece muchas más cadenas. Muchas de ellas apenas se perciben, otras no se interpretan como tales, otras se tergiversan y otras se transforman poco a poco en barrotes. El fútbol, la religión, el entretenimiento barato de la TV, los espectáculos, la tecnología, el trabajo, el gimnasio... son pequeños eslabones que cubren cada centímetro de tu libre piel. ¿Serías capaz de renunciar a todas esas cosas?


Quizás lo más triste de todo es que, en el fondo, somos esclavos por elección. Somos esclavos de nuestras propias ideas y nuestras propias aspiraciones. Porque todos queremos vivir en democracia, todos queremos ser felices y todos queremos ser libres. Y, al final, defendemos la democracia, la búsqueda de la felicidad y la libertad de expresión sobre todas las cosas. Aunque nunca las hayamos experimentado. Aunque nunca las hayamos disfrutado. 

La sensación de tener algo y el miedo a perderlo siempre es más fuerte que la realidad de experimentar algo. Y ésa es la mayor de las cadenas.


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